"MASCULINIDAD Y MISOGINIA"
La autoestima es uno de los aspectos más relevantes en el individuo, no sólo le afecta al sujeto en cuestión. La valoración que cada persona tiene de sí misma marca su actitud hacia la sociedad y de ella depende el comportamiento que engloba a colectivos formados por tendencias en alza en las que peligran seres inocentes contrarios a sus sinrazones situados en su escaso o nulo punto de vista porque carecen de base discutible.
Una autoestima sana es aquella que acepta el tú o el yo que somos, con nuestros defectos y limitaciones, que forman parte del nosotros que no podemos cambiar porque dejaríamos de pertenecernos por incompatibilidad con nuestro yo y viviríamos en el infierno de la negación y el desconocimiento de no pisar sobre seguro y la caída sobrevendría durante y cada recorrido.
La baja o nula autoestima deriva en la inseguridad de pensamiento. Te tasas a precio de saldo de terceras rebajas y pierdes tu valor genuino con el que todos venimos al mundo. Esa no querencia se esparce en modo odio reflejando lo que sientes hacia ti.
Vomitas esa bilis que te envenena y salpicas a los que envidias, aquellos que tienen lo que te falta y no lo puedes soportar.
Tu ausencia de amor hacia ti la prolongas hacia ese mundo donde la claridad sí brilla mientras a ti te abraza la oscuridad que no te planteas abandonar.
La misoginia ( del griego misogynía, compuesta de miso "odio" y "gyné" mujer) ha convivido entre aquellos que no soportan el poder de la mujer y buscan su debilitación para rebajarlo a un nivel menor que el suyo propio para sentirse vencedor.
No muy lejos de ese odio ancestral a la mujer compite otro adversario hacia el género femenino y que, cada día, toma más fuerza entre no importa qué edades; es alamante la precocidad con la que les llega.
Esa masculinidad tan demodé, tan rancia, tan absurda persigue el retorno del macho, del papel protagónico perdido en la batalla feminista que sí busca igualar géneros, poderes y responsabilidades entre ambos. El macho sale de caza en busca de su hembra porque le echó el ojo y ahora ha de ser suya o no será de nadie, ni tampoco de ella.
Esa hipermasculinidad dictatorial no acepta el rechazo porque no acepta el suyo propio, ese que él mismo siente hacia su persona y sólo eliminando a su presa se sentirá fuera de peligro hasta que aparezca la próxima. Es tal el complejo de inferioriad que padecen que sus miedos los anulan en la civilización de la convivencia en la libertad de géneros que, sin criterios ni culpas, actúan como animales en celo y como tal, no les queda el resentimiento de su barbarie.
Podemos achacar estas conductas a las redes sociales donde los peligros corren más rápido que lo salubre, pero, no olvidemos que aún resisten machos que alientan esa cacería que le otorgará medallas y trofeos a su hijo varón. Hay que revisar focos y apagarlos sin demora.
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