"TELÉFONO: 016"
No necesitó decir más, el silencio se pronunció por ella. Sus manos tomaron la palabra e iniciaron ese epílogo sin más puntos y aparte que el final. Abrió armarios que guardaban la perfección de ese sinvivir perfecto. Lo vació. Cupo en dos maletas todo el dolor planchado con esmero en tantos años de obligaciones y exigencias. En sus esquinas, entre las ropas, acomodó recuerdos sin memoria de esos viajes taciturnos hacia la apariencia de la felicidad. Sus hijos no presenciaron esta escena, pero sí las otras muchas. El maquillaje era su primer café de la mañana y de muchas tardes. Las noches respiraban más tranquilas hasta casi el amanecer; él aparecía con olores ajenos y ensuciaba esa madrugada con gritos de ya volví. De inmediato, ella abandonaba el lecho hacia la cocina. El jaleo de la cafetera, lavadora, aspiradora..., acallaban insultos y golpes que, aparentaban no llegar a las habitaciones de los niños. Él mostraba su única parte decente: se marchaba pronto. Ya había cumplido...