"TELÉFONO: 016"

 

No necesitó decir más, el silencio se pronunció por ella. Sus manos tomaron la palabra e iniciaron ese epílogo sin más puntos y aparte que el final.

Abrió armarios que guardaban la perfección de ese sinvivir perfecto. Lo vació. Cupo en dos maletas todo el dolor planchado con esmero en tantos años de obligaciones y exigencias. En sus esquinas, entre las ropas, acomodó recuerdos sin memoria de esos viajes taciturnos hacia la apariencia de la felicidad.

Sus hijos no presenciaron esta escena, pero sí las otras muchas. El maquillaje era su primer café de la mañana y de muchas tardes. Las noches respiraban más tranquilas hasta casi el amanecer; él aparecía con olores ajenos y ensuciaba esa madrugada con gritos de ya volví. De inmediato, ella abandonaba el lecho hacia la cocina. El jaleo de la cafetera, lavadora, aspiradora..., acallaban insultos y golpes que, aparentaban no llegar a las habitaciones de los niños.

Él mostraba su única parte decente: se marchaba pronto. Ya había cumplido con su tarea diaria de humillaciones y alguna bofetada entre café y tostadas; quizás, la mantequilla no estaba en su punto de temperatura o el café se quedó amargo por unos micro azúcares en falta. El motivo se inventaba sobre la marcha como justificante de esas necesarias excusas que brotaban de la nada y crecían en vejaciones.

Esa mañana, ya no lloró, no se sintió inútil. Miró su cara en el cristal de la ventana; hoy no se maquillaría, su cara descubierta la enseñaría  como una tarjeta de presentación. Terminó lo necesario, su mundo de maltrato ya estaba embalado y fuera para siempre.

Llevó a sus hijos al colegio; durante el camino, ellos no preguntaron, se acostumbraron a esa trágica normalidad. Después, sin bajarse del coche, volvió a su casa (ella la heredó y mantuvo con su trabajo hasta que  le ordenó dejarlo y dedicarse a él; sus hijos eran secundarios...). No permitía que alternara con amistades que fueran posibles oídos de su crueldad tan manifiesta y continúa.

Y desde su terreno, siempre suyo, dio el primer paso al exterior. Marcó el 016, y del otro lado, alguien la escuchó. Contó su historia, tantos capítulos que dejaban claro, sin duda, que decía la verdad; su cuerpo lo confirmaba; sus miedos al comienzo de su declaración, se difuminaban al verse con la fuerza del YA NO MÁS .Ni ella ni sus hijos morirían en el miedo con el que se criaron. 

A la noche, golpes en muros y cristales de puertas y ventanas, confirmaron lo que la vecindad conocía y callaba. Ya no era su casa, nunca lo fue en las escrituras. Ella y sus hijos lo escucharon, bajaron y, desde una ventana, le dijeron que su vida ya vivía fuera de esas paredes. Y, que, con justicia, su próximo alojamiento sería una celda sin armarios, sin mantequillas en su punto y pocos azúcares para su café.

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