"UN VIAJE ´GOTEADOR´"
Algeciras era mi primera parada y de allí, a la segunda donde achucharía a mis nietos por fin. Eran los peores días de febrero en los que el agua hacía de las suyas y nos perseguía sin descanso y no pude escaparme de ella. Cuando entré en el bus, lo vi bastante trasnochado, demasiados cumpleaños en su cuerpo verdoso de la saga Comes (en la estación, sus parientes ricos lucían colores con más juventud). Me asignaron un asiento, pero siempre tuve la costumbre de situarme a la mitad, frente a la salida del medio; aquí no existían, quizás alguien se las llevó otra mañana cuando nadie le observaba. Me coloqué en un stio cualquiera, iba a durar poco el trayecto; me dije: ¡qué más da!. Pero sí me dio...
Y ahí empezó mi involuntario numerito..., saqué de mi bolso (tipo Mary Poppins) mis auriculares blancos regalo de cortesía (previo incremento en el precio final) de colacao. Me había leído las instrucciones y funcionaban en casa. Aquí también. Elegí en youtube los conciertos de mi Lara Sanson y todo era celestial hasta que un goterón cayó sobre mi cabeza, luego otro y varios más. Me cambié de butaca (no recordaba que el cinturón me ataba y casi arranco la butaca). Desde otro lugar, volví a repetir el proceso anterior y él también volvió a la carga: nuevos goterones me atacaban y así hasta incontables las veces. Harta de tantas mudanzas, decidí levantarme y buscar un techo más seguro. De pronto, los compis de viaje me observaban con asombro y no por mis múltiples movidas sino fijamente a mi cabeza; pensé que mi pelo ya sería algo parecido a una fregona, pero, no; tardé en ver la causa: mis auriculares seguían activos y de su cuerpo blanco desprendían colores arcoiris al son de compases musicales como diadema en mi maltratado cabello. Algo ridícula estaba y era, no voy a negar la evidencia. Pero, como siempre, pasa lo inesperado y pasó: no me había fijado que mis compañeros de bus eran algo más morenos que yo y también más normales. Ellos y ellas aceptaron esos goterones estoicamente sin moverse de sus asientos con educación exquisita y sin unas risas de mi lamentable aspecto y actuación.
Aprendí de su conducta y me quedé, por fin, en un asiento cualquiera con los goterones que me adjudicaba mi billete hasta llegar a ese buen puerto.
Y llegamos, y qué lejos se quedaron aquellas protestas mías por unas simples e inocentes gotas. Allí nos daba la bienvenida un viento enamorado de olas enfadadas y fueron a por todos nosotros. El paraguas huyó. Sólo nos protegían capuchas que ser reían a nuestras espaldas y jugaban al pilla pilla. Dejé de quejarme y maldecir esas aguas voladoras. Sólo yo la había liado durante y después de ese camino. Ellos y ellas, mis vecinos del bus, se comportaron con un aguante natural, sin mis sobresaltos ni mis quejas. Aceptaban esa minúscula molestia y ni se inmutaron. Me dieron una lección de saber estar y de vivir con mucha elegancia. Tienen mucho que enseñarnos y nosotros que aprender de ellos y ellas.

Que autobús más divertido. Con goteras y todo. Bonito viaje. 🥰🥰🥰
ResponderEliminarSe hizo corto con tanto trajín, sí.
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