"LE DIJE: ¡NO!
Doña Hipocresía era la jefa absoluta. Controlaba deseos y los SÍes desganados, falsos, humillantes de sus vasallos. El NO se borró, ella lo prohibió bajo pena del castigo eterno del silencio. La sonrisa dibujada en los labios era el precepto inapelable a seguir; la risa era protocolaria según el guión. No había opción de romper normas ni saltar sobre ellas.
No existía otro adverbio que el afirmativo ante cualquier pregunta del contrario que cambiase las pautas marcadas. Los apetitos agonizaban y la voluntad con ellos.
La humanidad nació programada. Los colores, unificados en respuestas absolutas, no presentaban dudas en ninguna estancia; no había miedo a la negación; toda bajo control de esa doña calculadora de su monosílabo tatuado.
Y así se vivió su ley: con el No en la oscuridad y los SÍes en esa luz apagada de caprichos muertos.
Respirar con tus órganos era imposible; se impuso la respiración asistida; de las aspiraciones, nada estaba escrito. Era fácil seguir órdenes si cumplías con el catecismo de no alterar el paso aprendido.
Aldeas, campos, ciudades, paises, continentes atrapados en sus propias mentiras sin conciencia de su verdad.
Una fuerte borrasca sacudió la tierra un día de frío invierno. Movió y agitó lo establecido. El mar borró caretas de falsedades y dejó rostros desnudos y la evidencia de la diversidad entre ellos.
Comenzaron preguntas en las que se pensaban respuestas antes de manifestarlas; podían elegir porque eran numerosas las posibilidades; Quizás, tal vez, podría ser, me lo pensaré..., depende, aún no lo sé, no me gustas, prefiero sólo un café, amo la soledad..., hasta llegar al ¡NO!
Renacieron las voluntades y con ellas, la verdad. La hipocresía perdía puntos en su haber hasta quedar arrinconada en el trastero de las insatisfacciones.
Porque una emoción no se puede enterrar cuando brota del corazón y decir verdad es su salvavidas. La sinceridad no se manipula. El NO también existe.

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