"LA BANDERA DE LA RUINA Y LA TRAGEDIA"


No comenzaré con el "Érase una vez" porque no fue un cuento aunque haya algo de ficción en el relato. De un hecho real y sus consecuencias que pudieron o no llegar hasta dónde no se sabe o sí...

Su lavandería de barrio sencillo funcionaba al día y con muchas horas dedicadas a no fallarle a su clientela en su palabra dada para recoger su prenda confiada a él y a su mujer que compartían faena de lavado y plancha.

Tenían fama de cumplidores y de buen hacer y eso llegó a oídos del cuartel de un edificio oficial que no dudó en dejarle su bandera para que luciera más limpia y brillante. Muy poco después, el encargo estaba listo para llevar a su destino. El soldado encargado de esa misión preguntó el importe y el lavandero cometió el error más grande de su vida cuando le respondió: "A LA BANDERA SE LE SIRVE, NO SE LE COBRA". Este gesto trascendió a los periódicos y demás medios de comunicación. Se le otorgó una medalla y diploma por su buen servicio a la patria. La tienda se hizo con fama y los pedidos subieron a una altura propia de un mástil gigante.

Pero, unas semanas más tarde, recepcionó un gran número de banderas de todos los estamentos oficiales más allá de su ciudad. Y seguían y seguían amontonándose en su pequeño local de barrio que se vio reducido con tanto amarillo y rojo entelando suelos y paredes. Tuvo que dejar de lado su faena diaria del vecindario y dedicar más del tiempo de su descanso a esos encargos que demandaban rapidez.

Ese mes no entró una triste peseta en su cajón. Nadie pagaba, sí exigía. Semanas más tarde, su mujer y él se plantearon el hasta aquí llegó o la ruina sería la nueva inquilina. 

Y se cobró el importe de una bandera; no se pagó, daban por hecho la gratuidad del servicio. De inmediato, lo supo el superior del cuartel y lo difundió a otros mandos de mucho más arriba y llegó el escándalo: periódicos, radios, parroquianos de bares y muchas iglesias y sermones dominicales tacharon a la pareja de haber herido a todo el país y a sus mandatarios y, al régimen. Su deslealtad sí se cobraría y muy cara. Despojado de bienes y condecoraciones del ayer, fue instalado entre rejas hasta ese juicio que nunca llegaría; ya estaba condenado. Una noche sucia y fría, lo sacaron de la celda y, tras un breve paseo, cayó fulminado unos minutos antes que su mujer delante de otra valla teñida de rojo de los caídos por una libertad robada y una justicia más ausente que nunca.

Los pobres fueron más pobres y los ricos siguen siendo muy ricos. A la bandera se le cobra, porque si sólo es un trapo que lleva a la ruina, no SIRVE para nada ni para nadie.


                                   ¿REALIDAD, FICCIÓN O METÁFORA?

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