"RING, RING...UUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUF"
La cocina recogida. Lavadora cogiendo aguas, se toma unos segundos, y el grifo vierte lo que se encontrará con el detergente, en pods, en breve. Casi es el último tramo de Javier Ruiz y me espera el sofá, mi libro y una tarde sin interrupciones ni sobresaltos. Es el arte del silencio ganado a cambio de que se mantenga. Antes de una hora, me traiciona y rompe el pacto firmado con sudor. Nunca sé de dónde vendrá el tiro: será el fijo (que nunca está en su sitio de reposo por si no me da tiempo a llegar...) o será el móvil (igualmente, una lapa o, si no, vete a saber dónde lo dejé...). Un número sin suerte, prefijo de Sevilla, invade mi tranquilidad programada y ¡zas! ya llegó. No quieres contestar, es tu primera opción. Pero, ¿y si es alguien de mi familia que vive allí? (que, por cierto, jamás lo haría por un 954 ni el acabado en 5) y, a la tercera, más o menos, descuelgas. Ya no respondo con ¿sí?, me limito al ¿diga? y !sin novedad en el frente!, operadores comerciales que no tienen derechos de siesta ni para ellos ni los demás. Al poco de las presentaciones e intenciones declaradas, el botón de corte actúa por costumbre y deja con las palabras en esos cables fijos sin terminar su aprendido discurso del que pocos conocerán su final.
Vuelvo a mi silencio, pero, cada vez más, se entrecorta como esa llamada. Mi conciencia, más que yo, se revuelve y me dice: "¿no te da pena?". Viven o malviven de los descuelgues que propinamos en sus oídos.
No es por la sobremesa; a cualquier hora, son molestos. Los hay de buenas intenciones y de los que no. La desconfianza y la pereza de escucharlos nos empuja a ese corte certero porque, ofrezcan bueno o malo, no interesan.
Antiguamente, eran los del Círculo de Lectores o los de religiones alternativas. Vendedores de libros y de fe a plazos que, a falta de colgarles por tenerlos en frente, optabas por alguna enciclopedia de los libreros o, si era el caso, aceptabas el cuadernillo de los predicadores hasta su recogida que nunca aparecía en la casa porque ya habitaba en la basura.
Los porteros automáticos les cerraron las entradas al vecindario. Sólo la opción de esos ring ring, no programados con alarma, te dan la tarde justo antes de levantarte por el aviso de que la ropa ya está seca y lo hace de la manera cruel que la programaron: piiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiii. piiiiiiiiiiiiiiii!!! y con un: "hasta mañana".

Admirada Manoli, recuerdo aquella canción de Jarcha que decía que no hay libertad sin cadenas, pués resulta que tampoco hay silencio sin ruido. Que difissssi ehhh, chiquilla. Te acompaño en tu sentinomiento. 🥰🥰🥰
ResponderEliminarMe ha encantado el senti-nomiento. Amos, que es lo que hay...
EliminarTengo muuuchos números bloqueados y cada vez me llaman menos... ¡Ponga un bloqueo en su vida...! (y viva, por fin, una descansada 😁 vida).
ResponderEliminarProblema al bloqueo: siempre digo que me avisen por teléfono antes de entregarme un paquete y lo peor era que ya no podía protestar si no venían...
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