"ESE RINCÓN DEL MAR AGONIZANTE"

 

Miro el sol augusto abrasador, ciega, y andas a tientas deslumbrada. Evito suelos y paredes, antes de adoquines y piedras. No paseo, ando. En la sombra, se hace visible mi evasión. Demasiado estrechas para escapar. Y ahí están los motivos: laterales y pisadas rebozadas en la suciedad y dejadez de quién ve sólo barrios antiguos y vecinos abandonados. Lugares expuestos a subir ese nivel de indolencia y que mueran y renazcan en las zapatillas de nuevas solerías, ventanas y todo lo que la haga joven y atractiva. Antes, imprescindible eliminar los restos de ese naufragio por el que los cruceros no pisan hogares de momento, sólo ruinas. 

Vecinos en alerta roja tiemblan. No serían los primeros expulsados de sus rincones, de aquellos en los que nacieron bisabuelos que acogieron a sus descendientes con una renta a su alcance hasta que llegaron los sin corazón en la izquierda y su cartera perenne en la derecha. 

Van quedando pocas fincas que respiren apellidos de la misma sangre. Contratos con actas de defunción a la par que el inquilino más veterano o, incluso, sin esa mayoría de edad. No pueden esperar y atacan donde más duele: paredes derrotadas de puro viejo, ventanas que son un soplo de muerte al aire, cañerías rotas, losas levantadas y esas humedades que atiborran a huesos ya saciados. Los preparan para morir. 

Y ya terminan los retrasos. La reconstrucción no espera. Los dineros saltan en los bancos deseando bailar en bolsillos de capataces que, a la orden de sus amos, no escatimarán en hacer de los restos multiplicaciones para los nuevos, para los de afuera, para los de dentro que ya disfrutaban en esa lista de espera mucho antes. En propiedad algunos, turísticos muchos más, harán de aquellas plazas lugares sin risas, ni gracias ni artes. Estas se fueron en las maletas de ida, con sus dueños de alma y sangre. 

Y la ciudad calla, silencios que la ahogan. Ediles que llenan arcas en no sabemos qué... y gastan a la carta de los caprichos de ver lo que no es ahora porque su ayer murió en rincones ajados por la desidia de quien no miraba a los pobres vecinos y a sus casas tristes.

El jefe del Consistorio y su cuadrilla personal quieren una ciudad nueva que explotar a costa de la expulsión hacia otras tierras de sus habitantes: imposible costear nuevos pisos destinados para otras cuentas corrientes. Emigran hacia exteriores (también aquí tenemos migrantes...) y sólo sus lágrimas junto al mar recordarán sus ecos.

La nueva vida anula a los nacidos en arenas blancas y piedras ostioneras: las líneas de autobuses se adaptarán en otoño a ese turimo más necesitado que nosotros; alfombras rojas para él; felpudos mugrientos para el pueblo.

Las casapuertas se okupan por mesas de bares rellenas de cartas variadas que no sirven para la brisca de antaño. El vecindario ya no disfrutará de ese fresquito nocturno tan merecido y costumbrista.

Puntos suspensivos, infinitos para contar; muchas ciudades sufren del mismo mal; sin embargo, aquí la gravedad se acusa en el censo municipal. Las idas o expulsiones de nuestras calles bajan, exponecialmente, el número de habitantes y perderemos lo que ya era escaso.

La gestión de este alcalde es ppésima. Es obvio. No era un secreto. El pueblo, en su mayoría, le regaló su voto y, con él, su confianza de darle carta libre. ¿QUIÉNES SON LOS CULPABLES?



Y AHORA, SUS MIEDOS, NOS LOS VENDEN CON AMENAZAS:



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